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deseo y glamour

Iba yo el otro día por la calle Relator y, de pronto, oí de un silbido. No me giré hasta escuchar un segundo porque era de una naturaleza bastante parecida a la que se dirige a un perro. Cuál no sería mi sorpresa cuando vi que era proferido por la boca de un varón como dios manda que expresaba libre e insistentemente su intención de flirteo y seducción. Es verdad, tengo que reconocerlo, que yo iba mu mona con mis botas de tacón alto (de las de pisa morena y eso, supongo, desde sus ojos) y mi pelo cortado a lo garçon. Y parece que él descodificaba el ritmo de los tacones como una llamada a la demostración acústica de su disposición a la danza de apareamiento invernal. Dudé un momento si acercarme trotando y lanzando ladridos de placer por haber sido objeto de expresión de su deseo. Pero me pudo la puritana que llevo dentro, me acerqué y sin nada de glamour le dije expresándome en lenguaje humano que era un gilipollas. El hombre como dios manda no pareció entenderlo.
El feminismo, está c…

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